2 de julio de 2015

La carretera es una serpiente que puede cortar tu vida y los tres mosquitos suspensivos. De mi vida en un Ashram.



¿La carretera asciende o somos nosotros los que ascendemos?, zarandeados de un lado a otro en la parte posterior del coche. Junto a Hannie, el amigo holandés, he cogido un auto a las 4,30 del otro lado del Rham Jhula (uno de los puentes colgantes que cruzan el Ganga). Vamos a ver amanecer en el Kunjapuri Temple. Adquirimos una costumbre que se hará popular en mi grupo, al subirnos a cualquier medio de transporte cantamos Om Sahana Bhavatu…y una sonrisa nos recorre el rostro, como si hiciéramos una travesura que cambia la densidad del aire. Es noche y las luces de Surya (el Sol) van a apareciendo tras las montañas. Pasamos junto a pueblos que se desperezan y cuyos habitantes empiezan a cargar haces de leña. Les acompañan los inevitables monos y algún perro escuálido. Cruzamos regueros secos, regueros llenos de agua e incluso una pequeña cascada (a la vuelta me aliviará del calor).
Nos dejan al borde de un camino con la indicación arriba, arriba. Y arriba es una escalera interminable, ¿la ascendemos o es ella quien nos asciende?
La entrada al templo está franqueada por dos leones ya terroríficos, ya de terracota, según mires. A continuación una gran explanada asomada a las montañas. Son las 5,30 y no esperábamos encontrar a un chico hawaiano tocando su oukalele, a una estadounidense meditando, a un pequeño grupo de personas que parecen buscar su lugar en el mundo, que quizá sea éste. Da comienzo un canto brahmánico y Hannie se apresura a sentarse para meditar, yo aún recorro al perímetro del templo, una vez más, antes de decidirme por el lugar correcto, inspirador.
Nadie te advierte frente a la magia, no hay nada que entender en ella, simplemente ocurre,  se da,  de pronto las normas que rigen los asuntos de los hombres han desaparecido, se han volatilizado y sólo permaneces ante el gran vacío que lo llena todo. Entornas los ojos, creas espacios para tu columna y respiras. Nada se interfiere entre el universo y tu ser, nada, porque descubres entusiasta que aquello que tus sentidos no alcanzan es lo que buscabas, que te estaba esperando en este momento que no tiene cualidad alguna conocida.







Samosas, empanadillas vegetales, son lo que están preparando una amable pareja en un chiringuito que se halla en el lateral del templo. Nuestros estómagos, que sólo han ingerido un vaso de agua, no pueden resistirlo y nos apresuramos a pedir unas cuantas acompañadas de un té que hierve en el interior de una tetera de aluminio. Chai (té) con masala (especias). Algo nos dice que vamos a hervir lentamente.
Visitamos las dos estupas, con forma de monte Nehru, que componen este lugar sagrado. Por un momento vuelvo a reencontrarme con viejas conocidas, las abejas asesinas de Shiva. Pero hoy y mientras dure el fresco, parecen más interesadas en los dulces depositados frente a los altares. Un Brahmana (sacerdote) saca brillo a todo, deposita sus hilos teñidos de rojo y sus polvos para imponer sobre las frentes. Nos acercamos y nos unge. Mi muñeca derecha aparece ya sobrecargada de hilos de colores, ellos serán mi reloj, una brújula de los lugares visitados, conservarán los contactos y pulsiones aprehendidas, serán testigos de la emoción y la sonrisa de las que han sido participes.
Descendemos lentamente la colina, ¿descendemos, la colina nos desciende?, por el lado opuesto a las escaleras, en dirección al pueblo que vive abajo. Estos diez días que dan comienzo hoy,  constituyen la festividad del Navaratri, diez días de purificación, así que la primera persona con la que nos topamos está pintando a su hijo de azul, de Krishna, el niño azul. Nos ofrece agua, se deja fotografiar orgullosa y obtiene unas rupis. El niño parece un sultán, un rajá azul con la mirada fiera. El sonido de las rupias han hecho aproximarse a un hombre Hanuman, un hombre mono literalmente. Sólo se comunica a través de los sonidos guturales que emiten los simios. Cuando termina su dicharachera interpretación nos enseña un billete de 500 rupias y nos pide sumarle otro igual. Nos excusamos explicándole que los ricos americanos aún permanecen arriba. Entre todos nos trasmiten, o eso creemos entender, que a mediodía habrá una peregrinación.



Encontramos a nuestro conductor desayunando amenamente en una terraza del pueblo, unas patatas Lays ¡Spanish Tomato Tango! Mi carcajada le aturde un tanto y trato de explicarle el chiste que no comprenderá, que ni yo mismo entiendo, sino es desde el surrealismo que acompaña a las campañas de marketing que por estos lares acostumbran.
Hemos quedado para comer con nuestro grupo en un restaurante local, donde Lokesh, Rashu (con quien volveré a Dehli en tren) y Bikran, jugarán una vez más con nuestros estómagos entre risas cómplices. Con menos picante ¿verdad? La comida ha sido excelente y gracias a ellos nos han colocado en un salón con aire acondicionado y medio centenar de personas pendientes de todo lo que se nos antojase (los contrastes de India). En ocasiones es enternecedor y extraño recibir este regalo por lo que supone de inusual. Nuestra vida en el Ahsram es bastante espartana, digamos que ascética, y el arroz y las verduras que nos ofrecen (riquísimas ambos) son nuestra fuente de alegrías. Espero se me disculpe la hipérbole.
Mi cuaderno registra hoy un dibujo que realizo sobre la marcha, subido al coche, de una simpática señal de carretera. La misma representa una secuencia de curvas y en ella reza la leyenda: "La carretera es un cuchillo que puede cortar tu vida". El pensamiento me parece digno de una Upanishad moderna donde con las prisas he leído: "La carretera es una serpiente (snike en lugar de knife) que puede cortar tu vida". Dejo la meditación acerca de tan obscuras palabras para otro momento.
Al caer la noche, rodeado de mosquitos, he buscado refugio en el baño. Mientras termino con estas notas, en un acto reflejo, que muestra mi falta de atención, he cerrado de golpe el cuaderno dejando atrapados a varios insectos en su interior. Con cierta congoja lo abro de nuevo y la página me revela tres manchas sanguinolentas. Son tres mosquitos que con los que involuntariamente he terminado. Curiosamente ordenados, son los tres mosquitos suspensivos…